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EL REGRESO DEL POETA ENORME
"Oliverio. Nuevo homenaje a Girondo" es una exquisita recopilación de
poemas, imágenes, correspondencia, entrevistas y textos en prosa
inéditos, que recupera una parte importante de su obra al
conmemorarse los cuarenta años de la muerte del escritor. Girondo fue
un agudo observador del contexto histórico-político que lo rodeaba e
hizo de la vanguardia un estilo de vida.
SUSANA ROSANO.
Oliverio Girondo odiaba todo lo pequeño, en un ambiente que definía
como de sutiles confabulaciones y minúsculas voluptuosidades. Su
enorme impulso a la renovación jamás fue dogmático. Y, como el
profético William Blake, pensaba en que todo lo que permanece se
corrompe. Así definió a grandes trazos Ulyses Petit de Murat a su
entrañable amigo, de quien no olvidaba sus espectaculares
vociferaciones ni su permanente espíritu iconoclasta.
Sin lugar a dudas Oliverio Girondo no sólo ha sido uno de los más
grandes poetas argentinos de todos los tiempos sino que también su
aire juguetón y cosmopolita, su activa participación en el grupo
Florida y desde allí en los esplendores de la vanguardia argentina,
su matrimonio estelar con Norah Lange, constituyen hoy en día uno de
los grandes mitos de la literatura argentina del siglo XX. El hombre
que rompía sus papeles, como gustaba definirlo, Raúl Gustavo Aguirre,
no fue un escritor; fue un poeta toda su vida. Romper papeles -decía
Aguirre, siguiendo al pie de la letra una confesión que Girondo le
hiciera a Julio Noé- significa romper con el papel de escritor,
negarse como tal en el momento mismo de su afirmación, "crear una
nueva instancia donde el escritor no existe ya por los papeles que
escribe sino por aquellos que rompe, donde el autor es menos lo que
habla que el silencio que afirma en la destrucción de lo que ha
escrito".
Los cuarenta años de la muerte de Oliverio Girondo que se cumplieron
este enero último fueron la excusa para que Beatriz Viterbo Editora y
la Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares (Conabip)
editaran Oliverio. Nuevo homenaje a Girondo, cuya exquisita
compilación, introducción y notas estuvo otra vez a cargo de Jorge
Schwartz. Por coincidencia o no, la primera antología fue realizada
por Schwartz y publicada hace ya veinte años. El homenaje de 1987 y
este que acaba de ser editado confirman que las dos obras que en su
momento se presentaron como completas -la clásica de editorial
Losada, preparada por Norah Lange, publicada por primera vez en 1968
y que ya lleva sucesivas reediciones, y la de la colección Archivos ,
coordinada por Raúl Antelo, de 1999- no son tales. Entre inéditos y
textos dispersos, los treinta y un poemas que se ofrecen al lector
(aclara Schwartz en el prólogo) son más que suficientes para otro
libro de poesía. Pero este nuevo homenaje a Girondo trae además
muchísimo material de un interés extraordinario: prosa inédita,
membretes y textos dispersos, una maravillosa galería de imágenes,
artículos y autorretratos de Oliverio; retratos, ya sea en poesía y
en prosa, que sobre su persona hicieron otros escritores; gran
cantidad de cartas enviadas y recibidas por Oliverio, artículos
críticos sobre su obra y una cuidada actualización bibliográfica a
cargo de Horacio Jorge Becco.
De esta manera, el texto no sólo adquiere un interés fundamental para
los estudiosos y enamorados de la obra del poeta argentino sino
también para todos aquellos que quieran armar el mapa cultural de la
época que lo tuvo a Girondo como testigo. De allí que a partir de los
innumerables viajes que Oliverio realizó por América latina, Europa y
Africa queden como testimonios relaciones tan intensas y ricas como
las que estableció con José Carlos Mariátegui, Federico García Lorca,
Oswald de Andrade, entre tantos otros.
Perteneciente a una familia argentina de origen vasco y rancio
abolengo (emparentada con los Uriburu, los Aramburu y los Arenales),
Girondo forma parte de esa raza fecunda de intelectuales liberales
argentinos que se formaron en Europa. "Soy hijo de toda la literatura
francesa de este momento", reconoce en una entrevista de Francisco
Urondo para la revista Leoplán en 1962. Pero, a diferencia de otro
martinfierrista prodigioso como Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo
sólo fue poeta. Además, a lo largo de casi cuarenta años de
producción (desde los años veinte hasta los inicios de los sesenta)
publicó muy poco. Poco más de ciento cincuenta poemas reunidos en
seis libros que van desde su tan celebrado Veinte poemas para ser
leídos en el tranvía, de 1922 -el mismo año en que se publicó Trilce,
de César Vallejos- hasta La masmédula, de 1956. El propio Girondo y
el testimonio de sus amigos dan cuenta de que, en función de su afán
perfeccionista y de su exquisito rigor, el poeta rompió muchos
papeles y mandó al cajón de la basura otros. Y en este sentido, los
cambios operados entre su primer y último libro hablan a las claras
de un proceso permanente de ruptura y de búsqueda en el interior de
la lengua.
«Viajero incansable«
Cuando en 1923 integra la redacción de la revista Proa , Oliverio
acababa de regresar de Europa con sus Veinte poemas... en el
bolsillo. Desde pequeño había realizado frecuentes viajes a Europa
con sus padres y estudió en el colegio Epsom de Londres y luego en la
escuela Albert Le Grand, de Arqueil. Refiere Ramón Gómez de la Serna
que desde allí lo expulsaron después de tirarle en la cara un tintero
a su profesor de geografía que pocos minutos antes se había referido
frente a sus alumnos a los antropófagos que vivían en Buenos Aires,
capital del Brasil. Al terminar la escuela secundaria, Girondo le
promete a sus padres recibirse de abogado (carrera que jamás ejerció)
si éstos a su vez le garantizan un viaje a Europa cada año. De esta
manera conocerá Francia, Italia y España e, interesado seriamente por
la paleontología y la etnografía, viaja por Egipto y luego por todas
las repúblicas americanas del Pacífico.
De uno de sus viajes por Europa, en 1926, Girondo regresa con una
importante y oscura barba de gaucho y en Buenos Aires, en un almuerzo
que dan los martinfierristas en honor de Ricardo Güiraldes, lo espera
una mujer, Norah Lange. Cuentan que cuando intentó sacarse la barba,
el peluquero se resistió, y entonces Oliverio nunca más repitió el
intento. Por esos años, Norah había regresado de Noruega y publicaba
su libro 45 días y 30 marineros. Ambos hacen una fiesta donde Girondo
le fabrica un traje de sirena pero con las escamas al revés. Desde
entonces Norah, su "angelnorahcustodio", y la barba serán los
incesantes compañeros del poeta.
Más allá de ese estilo de niño bien un poco provocador, Girondo irá
alejándose del esnobismo y de las luces de artificio que
caracterizaron a cierto sector de la vanguardia, para convertise en
un personaje prescindente, antisolemne, antiacadémico. Maestro de las
jóvenes generaciones de poetas, su estilo se emparenta con el de
Macedonio Fernández, a quien lo une un gran amor por los disparates
lógicos.
«zLa poesía como forma de conocimiento
Se pueden leer en la poesía de Girondo tres momentos fundamentales.
Como verdadera ópera prima, los Veinte poemas... inauguran una poesía
vital, llena de un entusiasmo celebratorio que parece responder al
imperativo de la vanguardia de unir arte y vida. Muchos de sus poemas
podrían funcionar como un manifiesto futurista, a partir de su
desprecio por los valores consagrados y de su irreverencia religiosa.
Pero hay algo más: a partir de esta poética de lo provisorio y de un
uso ajustado del montaje cubista, se desmantela la linealidad
cronológica de los cuadernos de viaje a favor de una lírica urbana
que ubica la ciudad como centro.
El cosmopolitismo, la carnavalización de la que habla Jorge Schwartz
en sus estudios críticos, permiten que el turista burlón salte de
Bretaña a Brest, de Venecia a Buenos Aires o Sevilla y pueda
maravillarse por las chicas de Flores, que "tienen los ojos dulces,
como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino y usan
moños de seda que les liban las nalgas con un aleteo de mariposa". La
centralidad del elemento visual (muy importante tanto en las
preocupaciones teóricas de Girondo como en la integración del dibujo
en los procesos de composición) se combina con una poética de lo
provisorio donde parece cumplirse el mandato del epígrafe del
libro: "Ningún prejuicio más ridículo que el prejuicio de lo
sublime". De esta manera, la humanización de los objetos y la
novísima centralidad que se le otorga a lo urbano, ya sean sus
calles, los medios de transporte, los espacios públicos, los cafés y
las milongas, permiten articular una estética profundamente
antirromántica e innovadora.
Espantapájaros, de 1933, marca, en opinión de Enrique Molina, un
segundo momento en la poesía de Girondo, que comienza ahora a
situarse entre la tierra y el sueño, y donde los protagonistas ya no
serán más las cosas sino los mecanismos psíquicos, los instintos. El
absurdo surge aquí del sinsentido de una realidad impenetrable, donde
el sujeto se astilla en miles de fragmentos: "Yo no tengo una
personalidad; soy un coctel, un conglomerado, una manifestación de
personalidades".
Sin embargo, es En la masmédula, de 1956, donde la experiencia con el
lenguaje alcanza momentos inigualables en la poesía latinoamericana,
sólo comparables a los de Trilce, de César Vallejo. Girondo se
instala aquí en un universo verbal absolutamente propio y deja un
legado único, exquisito, en la poesía en lengua castellana. Con el
correr de los años, con el riguroso trabajo sobre la lengua, llega el
cansancio, pero también la lucidez que produce el acercamiento de la
muerte, como en "Noche Tótem": "Los idos pasos otros de la incorpórea
ubicua también otra escarbando lo incierto/ que puede ser la muerte
con su demente célibe muleta/ y es la noche/ y deserta".
http://www.clarin.com/suplementos/cultura/2007/07/21/u-02060.htm
envio rui mendes
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